miércoles, 29 de marzo de 2017

Relato de la desilusión



     Buenos días y bienvenidos un día más a Decídete a leer.

     En el día de hoy os traigo un nuevo relato que escribí para la clase de literatura. Para hacer esta práctica tuvimos que leer algunos cuentos cortos como Vanka o El Capote. En esta ocasión, el objetivo del ejercicio era hacer un relato sobre la desilusión, por lo que estos cuentos servían de inspiración para conformar el relato que debíamos escribir. 

     En otro orden de cosas, me gustaría anunciaros que para comienzos de abril subiré una reseña de los libros que leí en los meses de febrero y marzo. Últimamente no he tenido mucho tiempo para leer, así que he decidido unir las lecturas de los dos últimos meses para que quedase un post más compacto.

     Sin más preámbulo os dejo el relato que escribí, espero que lo disfrutéis y os llegue la intención que quería transmitir. 

     Un saludo.

UNA VIDA MEJOR

     Desde donde estaba podía ver a Elena, subida en su característico New Beetle azul, mirándose en el espejo retrovisor mientras se azuzaba el pelo y pulsaba el botón de encendido de la radio. 

     Me decía a mí mismo que debería ir a hablarle, decirle de una vez lo que sentía e invitarla a tomar algo después de clase. Siempre pasaba lo mismo, iba a hurtadillas hasta donde ella se encontraba, repitiéndome todo lo que iba a decirle cuando la tuviese en frente, pero en el momento en que me miraba y me saludaba entonando mi nombre solo podía responderle con una absurda sonrisa bobalicona que a ella le producía una risa tremenda.

     Tenía la certeza de que aquel día sería diferente, sentía cómo la confianza emanaba desde mi interior como un caballo de carreras que desea salir disparado hacia la meta. Ese día no me escondí detrás de la esquina de la cafetería que comunica con el aparcamiento del instituto. Fui decidido a pedirle que nos viésemos más tarde, estaba seguro de mi probabilidad de éxito, no sabía cuál era la razón de aquel repentino ataque de valentía, pero tampoco quería desaprovecharlo, así que al llegar a la altura de su coche reuní la fuerza necesaria y se lo pedí.

     —Elena—dije en un tono que denotaba una gran seguridad.

     Me miró con esos ojos verdes claros casi grises que en otras ocasiones habían conseguido dejarme petrificado, como si de la mismísima Medusa se tratase.

     —Quería saber si tenías algo que hacer al acabar las clases.

     Mantuve la mirada impertérrita, su presencia no había sido suficiente esta vez para hacerme balbucear y que me diese media vuelta. Me había atrevido a hablarle y tenía fe ciega en que aceptaría mi proposición. Nunca había experimentado esa seguridad dentro de mí, estaba encantado con la forma en la que salían despedidas las palabras de mi boca. 

     De pronto sentí como si todo girase a mi alrededor y se fuese transformando en un nuevo escenario que empecé a reconocer cuando todo quedó estático. Elena estaba en mi casa, con mis padres y mi hermana Gabriela. Era el día de mi cumpleaños y no podía dejar de sonreír, Elena había venido a celebrarlo a casa con mi familia, nos comportábamos como una pareja formal, todo atisbo de inseguridad y miedos que anteriormente formaban parte de mí se habían perdido. La sensación de confort que experimentaba a su lado, no podía tener comparación con nada que hubiese vivido anteriormente.

     Volví a sentir una especie de sacudida que hizo girar mi mundo de nuevo, a la vez que me arrebataba por un instante todo aquello por lo que tanto había luchado y que me dotaba de una confianza interior que jamás había logrado a sentir. Esta vez me vi con ella en un apartamento que no reconocía. Al detenerme en los objetos que decoraban sus estanterías pude comprobar que muchos de ellos eran recuerdos de mi niñez. Vislumbré una fotografía sobre la chimenea en la que Elena salía abrazándome por detrás mientras ambos sonreíamos a la cámara. Elena estaba sentaba en el sofá con ropa de deporte y me miraba con esos ojos que aún conseguían estremecerme. Su expresión denotaba una ternura que jamás había visto en ningún ser humano con el que hubiese tratado.

     Para mi sorpresa, ese mundo comenzó a girar de nuevo, al igual que los universos siguientes, los distintos escenarios en los que estaba inmerso cambiaban cada vez más deprisa; pude vernos a Elena y a mí sentados sobre la arena de la playa, el día de nuestra boda o sosteniendo un bebé con los mismos ojos hipnóticos de su madre. 

     Después, solo conseguía ver fotogramas que pasaban a gran velocidad sin que pudiese pararme a disfrutarlos. La angustia y el miedo volvían poco a poco a mi ser, podía palpar la inseguridad que me provocaba el no saber cómo detener aquel torbellino que me arrastraba y se quedaba con mi vida, esa vida originada gracias al día en el que conseguí imponerme a mis miedos e inseguridades. Sentía que estaba retornando poco a poco a ese estado de desasosiego y soledad que siempre me había acompañado.

     Puedo comprobar cómo un leve sonido irrumpe entre aquellas historias que se me escapan de entre los dedos. Ha comenzado como una melodía casi inaudible, pero poco a poco se ha ido a abriendo pasó entre todas estas imágenes hasta el punto en que las ha devorado. En pocos segundos todo se ha convertido en un ruido molesto que consigue sacarme de este mundo onírico.

     Mi mente se resiste a abandonar todos esos recuerdos que conforman la vida que deseo vivir, abro los ojos con un repetido aleteo que a la vez que permite despegar las pestañas, me devuelve a una realidad de la que no quiero formar parte. Siento cómo la inseguridad vuelve a crecer dentro de mí, me incorporo para despejarme, ducharme y regresar al triste instituto donde volveré a ver a Elena, donde sé, que una vez más, no me atreveré a hablar con ella.