sábado, 24 de diciembre de 2016

Cuento de Navidad



    Una nueva estrella
  
        Me han llamado mis amigos. Como cada 24 de diciembre han organizado una quedada para festejar el comienzo de la Navidad. Se lo montan a lo grande, organizan juegos, beben, ríen y ponen de fondo los típicos villancicos de la época mientras cantan al unísono. Como cada año he tenido que rechazar la invitación. Siempre intentan hacerme cambiar de opinión, me envían fotos, vídeos o grabaciones para que vea lo bien que se lo están pasando. La verdad es que el plan suena apetecible. Durante el año, cada uno tiene que dedicarse a sus asuntos y coincidimos en contadas ocasiones, es una buena excusa para reactivar mi vida social y enterarme de las novedades que tienen que contarme. Pero saben de sobra cuál es mi plan esa tarde.

        Como cada 24 de diciembre llamo a mi abuela.  Le digo que en cuanto salga de trabajar pasaré por su casa para ayudarle a adornar el árbol. Escucho por el altavoz una risa dulce acompañada de un <<No pienso moverme de aquí>>. Sé perfectamente que no lo hará, que le hace la misma ilusión que a mí pasar juntos la tarde. Llevamos haciéndolo desde que tengo conciencia. Cuando era pequeño, mi madre tenía que trabajar y me dejaba con ellos para que me cuidasen. Nunca conocí a mi padre, así que el tiempo que pasaba con mis abuelos era lo más cerca que estaba de una familia.

        Cuando llego a su casa, me invade un agradable olor a castañas asadas y chocolate caliente. Olor a infancia, olor a Navidad. La chimenea está encendida y siento que no se puede sentir un grado mayor de confort. Mi abuela me estrecha entre sus débiles brazos y me propina un sonoro beso en la mejilla.

     —¿Qué tal el trabajo, cariño? Hoy has salido un poco pronto.
     —Ya sabes, abuela, hoy todo el mundo tenía prisa por acabar la tarea.

        Asiente con una mueca simpática y me sirve una taza de chocolate mientras me dirijo al altillo a coger los adornos. Al volver, la encuentro sentada, absorta en sus pensamientos. Sé que piensa en él. Lamenta su ausencia. Me dedica una agradable mirada y se levanta con dificultad, apoyando las palmas sobre la mesa para impulsarse.

     —Vamos, cariño. No vaya a venir Papá Noel y se marche porque no está puesto el árbol.

        Me lanza una sonrisa burlona y comienza a sacar los adornos con especial cuidado. Cada uno coge el suyo y lo deposita en las endebles ramas del árbol. La abuela se encarga de las bolas de cristal, mientras que yo coloco los bastoncillos de azúcar, los calcetines y las pequeñas figuritas de Santa Claus. Tiene una gran cantidad de adornos, creo que le encanta este momento y pretende alargarlo lo máximo posible. No me importa, el hecho de estar aquí con ella me produce una tremenda satisfacción.

        Comienzo a desenrollar el cable de luces y coloco la primera en la copa del árbol, le cedo el rollo y lo desliza con cuidado hacia abajo, haciéndolo girar a su alrededor, como si las luces lo cubriesen en un cálido abrazo. Me dispongo a enchufar el interruptor y miro sus ojos, me doy cuenta que las bombillas más brillantes que veré hoy las he encendido nada más llegar. Tiene la mirada viva, vidriosa. Conecto el enchufe y las luces comienzan a parpadear de manera arbitraria. Mi abuela contempla el pino con anhelo, le trae buenos recuerdos y refrota la manga contra sus ojos. Parece una niña. Consigue hacer que me emocione, sé lo que le ocurre. Lo echa de menos y yo también.

        Un último adorno descansa sobre la mesa del comedor a la espera de ser colocado. Es el adorno más importante y majestuoso de todo el árbol. Mi abuelo fue, durante muchos años, el único capaz de depositarlo sin dificultad en lo alto de la copa. Mi abuela era una mujer menuda y yo no levantaba un palmo del suelo por aquel entonces. Ahora se encontraba allí, tan solitario. La viveza de su brillo había desaparecido con la muerte de mi abuelo meses atrás. Ya no representaba esa estrella majestuosa que servía de guía en el camino. Había perdido todo su esplendor. Mi abuela hizo ademán de tenderme la estrella para colocarla.

     —Yo no puedo, abuela.

        Me miró con tristeza y retornó la vista al objeto que reposaba entre sus manos. Ella tampoco podía hacerlo. Nuestro árbol se quedaba desierto, al igual que nuestras vidas hace tan solo unos meses. Vi cómo una lágrima resbala por su mejilla. Depositó la estrella de vuelta en la mesa y al levantar la mirada encontró una pequeña foto en la que se nos veía a los tres. Yo salía vestido con el típico uniforme rojo y blanco aterciopelado, mientras que ellos salían radiantes, mirando a cámara y visiblemente disfrutando del momento. Mi abuela fue hasta la estantería y me enseñó la foto.

     —¿Qué te parece si…?

        La miré con ternura y asentí. A la abuela se le dibujó una preciosa sonrisa en los labios, me entregó aquella imagen y la coloqué con delicadeza en lo alto de nuestro árbol. Presidiendo la estancia se encontraba el abuelo, sonriendo, radiante y majestuoso. Sirviéndonos de guía como había hecho tantas veces a lo largo de su vida. Nuestras miradas se quedaron fijas en aquel significativo pino de plástico, disfrutando de aquella estampa y de la calidez que radiaba de nuestros corazones. Mi abuela me abrazó y contemplamos juntos la viveza que ahora emanaba de él. Iban a ser unas Navidades distintas, eso estaba claro. Pero él seguiría a nuestro lado, vigilándonos y proyectando luz sobre nuestro camino. Él era así.

     —Feliz Navidad, abuela.
     —Feliz Navidad, cariño mío.